Otro recuerdo de Luis Enrique Mercado

Carlos Veranda Gral
 
Carlos Velázquez
hrs.

El 28 de diciembre falleció de Covid-19 Luis Enrique Mercado, quien, a los 68 años, decía que era el único “bracero zacatecano” que, en lugar de haber emigrado al norte, lo hizo a la Ciudad de México y que, por eso, le había ido bien.

Mercado fundó El Economista, medio que enarbolaba la libre competencia y la globalización, dos conceptos que el populismo sataniza.

Como reportero del piso de remates de la Bolsa Mexicana de Valores conoció a entonces corredores bursátiles como Carlos Slim Helú, Roberto Hernández, Alfredo Harp Helú, José Madariaga y otros de ese calibre.

Los posteriormente dueños de grupos financieros apoyaron a El Economista, como socios o anunciantes, pues compartían con Mercado la visión de que la ortodoxia económica y el “neoliberalismo” serían pilares del desarrollo.

Carlos Salinas, Pedro Aspe, Jaime Serra, Guillermo Ortiz y demás ejecutores de ese cambio, hoy bajo ataque del presidente López Obrador, estuvieron en el lanzamiento de El Economista.

Mercado hizo equipo con recién egresados de la Escuela Carlos Septién, entre quienes me encontraba, y del Instituto Tecnológico Autónomo de México, a quienes nos dio empleo y nos formó con acciones.

Durante el año uno de El Economista, “el peor de mi vida”, decía Luis Enrique, trabajó frenéticamente con los políticos en el poder, grandes empresarios y sus pupilos, que ”metíamos la pata a diestra y siniestra”; pero después llegaron los “golpes” periodísticos.

La liberalización financiera, la cobertura de la negociación del Tratado de Libre Comercio (TLC) y de la deuda y “el pase de la charola” para la campaña de Zedillo, por mencionar algunos.

Mercado compartía las fórmulas de su éxito: “Para conseguir tus metas, a veces debes comer lo que no te gusta y disfrutarlo”, me dijo en Nueva York.

Faltando días para el cambio de gobierno de Salinas a Zedillo, investigué que el Banxico estaba pidiendo confidencialmente posiciones en dólares a los grupos financieros como preámbulo de una devaluación y El Economista no lo publicó.

A la mañana siguiente me llamó: “Nos recibe Zedillo en dos horas”.

En la junta visualicé los alcances de esa nota; luego vino el “error de diciembre” y ya no hubo nada que visualizar.

“Hay que actuar con responsabilidad”, me dijo al salir con un “tumbaburros” que le dio el Presidente electo, tras una plática aderezada de pullas mutuas e improperios.

Hoy entiendo por qué dejó su columna, Perspectivas, se volvió diputado y entregó El Economista en una venta hostil: para irse a divertir con sus juguetes periodísticos y ecuestres a Zacatecas.

Tras construir su proyecto más ambicioso y compartir su legado, se fue a disfrutar de la vida, que es efímera, con sus más cercanos.

Sólo una frase me da consuelo: “Los elegidos de los dioses mueren jóvenes”.

DIVISADERO

El primer día de vacaciones, sendas pruebas PCR nos confirmaron a Laura, mi esposa, y a mí, que estábamos contagiados de Covid-19.

Ella salió sin complicaciones y yo acabé en el hospital, ya fui dado de alta, pero necesitaré dos semanas de ejercicios y asueto para regresar a Veranda el 25 de enero.

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Periodista apasionado de los viajes y de entender y comunicar cómo funciona la industria del turismo.

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