El turismo exhibe la maldad extrema de Pol Pot

 
Carlos Velázquez
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NOM PEN.

En la capital de Camboya, país que recibe anualmente más de cinco millones de viajeros internacionales concentrados en Siem Rip, uno de los destinos arqueológicos más impactantes del mundo, hay una historia terrible que no sólo está viva, sino que es un atractivo turístico.

Hace no mucho más de tres décadas un dictador desquiciado llamado Pol Pot encabezó uno de los mayores actos de barbarie en la historia del continente asiático que le costó la vida a más de 2.5 millones de camboyanos.

Si Auschwitz-Birkenau, el mayor campo de exterminio construido por los nazis, sigue siendo una de las visitas obligadas para quienes viajan por primera vez a Varsovia, capital de Polonia; aquí juegan ese mismo papel el Parque Memorial Choeung Ek y el Museo del Genocidio ubicado en lo que fue la prisión conocida como S-21.

En Polonia la ley obliga a los estudiantes de ese país a visitar Auschwitz al menos una vez antes de terminar la secundaria; como recurso pedagógico para evitar que otro momento de barbarie como éste se repita.

¿Hasta dónde el morbo, el interés por la historia, la curiosidad o el rechazo a estas manifestaciones de barbarie extrema motivan las visitas? La realidad es que resulta muy difícil dar una respuesta correcta y precisa.

Aunque tiene importancia la idea de que en la medida en que se difundan, entiendan y analicen estos hechos, será más difícil que sucedan de nuevo.

La poderosa, acaudalada y educada comunidad judía en el mundo, con una gran influencia en el cine y el negocio del entretenimiento, ha producido infinidad de historias sobre el antisemitismo y el holocausto.

Sobre el horror en Camboya, el material es mucho más limitado y por ello es particularmente importante que sigan abiertos y se fortalezcan espacios como el Memorial y el Museo del Genocidio.

La diferencia más grande entre lo que ocurrió aquí y lo que sucedió con los nazis y los judíos, es que durante siglos existió en Alemania y otros países el antisemitismo, es decir, el ataque a una comunidad de personas reunidas en torno a sus valores y cultura.

Pol Pot, en cambio, odiaba el capitalismo y el llamado estilo de vida burgués, así es que atacó a quienes comulgaban con esa visión, pero después diezmó a sus propios aliados y terminó matando a su gente, hasta el punto de que se habla de un “autogenocidio”.

Hoy, personas de entre 45 y más de 80 años que siguen vivas aquí, participaron en estos acontecimientos, en donde las opciones eran matar o ser asesinados.

Tras ser derrocado Pol Pot, los criminales tuvieron que mudarse de pueblos y ciudades e iniciar una nueva vida, pero siguen en este país que sólo juzgó y encarceló a unos cuantos líderes.

El turismo es visto generalmente como un negocio en expansión, pero en este caso también cumple el papel de mantener viva una historia de horror que revela hasta dónde puede llegar la maldad del ser humano.

Una realidad que debemos combatir, si no queremos que se repita.

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Periodista apasionado de los viajes y de entender y comunicar cómo funciona la industria del turismo.

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