Dubai, una maquinaria diseñada para producir dinero

 
Carlos Velázquez
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Dubai. Si en Las Vegas fueron los casinos el imán para que llegaran los viajeros; en este país de los Emiratos Árabes Unidos (EAU) han sido sus revolucionarios edificios, los que atraen todos los años a millones de personas.

La imagen del hotel con forma de velero, el Burj Al Arab, la Torre de los Árabes, incluso ha generado historias míticas como aquella de que es el único hotel de siete estrellas, categoría que no existe y que Jumeirah, la operadora, tampoco defiende públicamente.

Su publicidad dice que es el hotel más lujoso del mundo, aseveración incomprobable pero que se ha vuelto “verdad” a fuerza de repetirla.

La entrada al hotel está restringida a los huéspedes, invitados a eventos o clientes de sus restaurantes; así es que antes de cruzar a la isla artificial donde está el edificio, es común observar a la gente tomándose fotos con la famosa vela de acero y concreto a sus espaldas.

En su interior algunos restaurantes de colores encendidos, un enorme acuario en la recepción, joyerías y demás tiendas costosas, son como las de otros hoteles opulentos; la comida tampoco es de concurso, aunque haya cocteles con cognacs o whiskies extra añejos que cuestan cuatro mil dólares cada uno o botellas de vino de más de 15 mil dólares.

Bebidas como las que hay en el Ritz o el Four Seasons de París o en The Pierre de Nueva York; pero aquí exhiben dicha situación.

El Burj Kalifa, la Torre del Califa que es la más alta del mundo con 828 metros de altura y cuyo acceso se encuentra en el Dubai mall, el centro comercial con más metros cuadrados dispuestos para el consumo, es otro ejemplo.

Los árabes que concibieron Dubai como principal destino de turismo de lujo del planeta, supieron leer la obsesión del ser humano por ser parte de un grupo exclusivo… Que por cierto lo conforman más de 15 millones de turistas internacionales que llegan al año a este destino.

Obviamente para llenar más de 100 mil cuartos de hotel, hay que buscar viajeros de diversos segmentos como los que también se hacen fotos a las afueras de Atlantis, el hotel ancla en la isla artificial que se conoce como La Palma.

Mientras uno asciende al mirador más alto del Burj Kalifa, un proyector refiere que todo esto es, además, motivo de orgullo para un pequeño país muy necesitado de historias exitosas.

En Abu Dabi, que preside los EAU, hay un hotel que se llama el Emirates Palace que costó tres mil millones de dólares, es decir dos mil millones más que el Burj Al Arab.

Éste tiene columnas acabadas con hojas de oro; las más sofisticadas salas para fumar; suites reservadas para dignatarios invitados del Presidente y un largo etcétera.

Sin embargo, no es un hotel mundialmente famoso ni un sitio sobre el cual se hacen miles de fotos todos los días; con una fórmula difícil de digerir, Dubai probó la importancia de mostrarse como el número uno, aunque no lo sea.

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Periodista apasionado de los viajes y de entender y comunicar cómo funciona la industria del turismo.

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