Kant o cómo viajar desde el patio de la casa

 
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Kant nos invita a viajar con el pensamiento, a construir el mundo aún sin salir de casa.


Por: Luis Ramírez Trejo

La gente suele decir que viajar abre horizontes y mucho de verdad hay en ello. Viajar nos da la oportunidad de encantarnos con paisajes distintos, de saborear otros sazones, de escapar de una rutina quizá gris y carente de sorpresa. Por desgracia, el viaje así entendido está amenazado en estos días por la pandemia mundial de coronavirus COVID-19. ¡Quédate en casa! Nos han dicho muchísimas veces.

Para nuestra fortuna, es posible que haya algún consuelo inesperado en la filosofía. Quizá la esencia del viaje radique en cómo la imaginación da sentido a las experiencias, en cómo el pensamiento le da significado a lo nuevo o a lo que suponemos conocido.

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Sin imaginación ni pensamiento no hay renovación, no importa la maravilla que se visite: ir al Louvre o a Teotihuacán para concluir que son un montón de piedras arrumbadas unas más vistosas que otras, no abre más horizontes que visitar el patio de nuestra casa. Es más, seguro y hay más sentido de viaje en el patio de nuestra casa o en cualquier otro lugar si lo sabemos encontrar.

Esa podría ser una enseñanza que dejó, de manera no intencionada, el mejor no viajero que ha tenido la historia: Immanuel Kant. Kant fue un filósofo que nació en Königsberg, una ciudad fundada en la edad media que formó parte del antiguo reino de Prusia Oriental.

Después de formar parte de Alemania, después de la segunda guerra mundial, perteneció a la Unión Soviética con el nombre de Kaliningrado. Hoy forma parte de Rusia aunque se encuentra separada geográficamente de ese país por Lituania, Letonia y Bielorussia. Es un puerto importante que da salida al mar Báltico durante todo el año.

Kant vivió y trabajó ahí durante toda su vida. Nunca se alejó de Königsberg más de unos cuantos kilómetros. La suya fue una vida que el mito, que nunca miente, dibuja como llena de regularidad y disciplina.

Por la mañana, Kant leía en total concentración para después tener un almuerzo con algunos amigos. Después de la larga sobremesa, Kant caminaba para regresar al estudio por muchas horas y retirarse a la cama exactamente a las 10 de la noche.

Dice la leyenda que los habitantes de Königsberg podían ajustar sus relojes cada vez que lo veían dar su paseo vespertino que llevaba a cabo con la minuciosidad de un reloj de la más alta precisión. Caminaba por los mismos lugares, todos los días y a la misma hora. Parecía que los pasos de su trayectoria estuvieran ya marcados con las huellas de sus zapatos.

Aunque algunos podrían pensar que era un tipo rígido y en extremo puntual, los testimonios apuntan a que tenía plática vivaz y un excelente sentido del humor que seducía a más de una mujer sorprendida por su aguda inteligencia.

A pesar de su talento, Kant no la tuvo fácil. Después de pasar varios años como profesor particular logró, a una edad ya no joven, obtener un puesto como profesor en la universidad local que hoy lleva su nombre. Ahí enseñó mineralogía, física, matemáticas, geografía e incluso filosofía. En sus cincuenta comenzó a escribir libros que marcarían la historia del pensamiento de occidente.

La obra que lo consagró definitivamente tiene por título Crítica de la razón pura. Sería mentira decir que este libro se puede disfrutar como un viaje placentero, pues se necesita entrenamiento y voluntad para comprenderlo. Eso no quita que las ideas ahí contenidas sean algunas de las más osadas y excitantes que han existido.

Kant postuló que nosotros no descubrimos un mundo con la mente en blanco; sino que lo que conocemos está siempre condicionado por nuestras facultades, nuestras intuiciones, nuestros pensamientos que existen en nuestra mente antes de cualquier experiencia.

Esa filosofía, ahora rechazada por muchos, le dio forma a la historia del pensamiento. Kant no se conformó con ello: escribió decenas de trabajos sobre religión, antropología, epistemología, cosmología, arte, biología. cooperación internacional, etc. Kant creó buena parte del mundo tal y como lo concebimos.

Kant jamás salió de sus ciudad, pero el poder de su imaginación y su pensamiento le permitieron ser un cosmopolita en el más profundo sentido de la palabra. Quizá demostró, sin querer, que el mejor viaje es el que se lleva a cabo con el pensamiento.

Así que si usted piensa viajar después de esta pandemia, recuerde que lo que lleve en la mente es quizá más importante que lo que se encuentre a donde vaya. Aunque ese lugar al que vaya sea el patio de su casa.

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